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viernes, 12 de agosto de 2011

Un Nicaragüense en tierra Azteca
El no sabía lo que Dios le tenía preparado en su camino, salió de su casa buscando un mejor futuro para su familia, pero en el camino encontró el éxito que como artista merecía

Su rostro quemado por el sol y las grietas que le han dejado los años en la piel, son la muestra de las tristezas y dificultades que Wilber Medrano, un Matagalpino que llego a la ciudad de Jinotepe desde los nueve meses de edad, artista de nacimiento y pintor por excelencia, tuvo que pasar en su intento de buscar un futuro mejor para él y toda su familia. 

Un veinte cinco de Diciembre aproximadamente siete años atrás, partió de su país Nicaragua, no sin antes pedir perdón a su padre al que desde muchos atrás guardaba rencor, esto para viajar como un hombre nuevo y libre de resentimientos, salió de su Jinotepe amado dejando a tres hijos y una esposa prometiendo regresar con un futuro labrado para ellos. Pensando  llegar al sueño de muchos nicaragüenses, “el sueño americano”. El camino fue largo y el la meta que este hombre llevaba en mente para bien o para mal no pudo llegar a feliz término.

Durante la travesía se encontró con otro nicaragüense quien sería su compañía durante la mayor parte del viaje.  Fueron recorriendo fronteras con fronteras hasta lograr entrar a México, sin bañarse, comiendo de la basura y prácticamente acostumbrados a dormir en la calle.

Un buen día Wilber se encuentra diez pesos Mexicanos, era la primera vez que el miraba y tenía en sus manos la moneda de este país, dinero que  decidió  invertir y multiplicarlo, esto en contra de su amigo quien prefería comprar algo para comer.

El dinero no podía ser invertido de otra manera que no fuese como artista, se dirigió a una papelería en donde compro papel, lápiz y goma de borrar para emprender el trabajo que le ayudarían a multiplicar lo que habían encontrado. A la salida de la papelería dibujó  a una pareja de extranjeros que se encontraban en el lugar y se los vendió. Al final de ese día habían multiplicado veinte veces más la moneda, dinero que ocuparon para viajar al Distrito Federal.

Mas no sabía que ya en el Distrito Federal unas personas esperaban a su amigo para llevarlo a Estados Unidos y que en los planes de este no estaba llevarlo con el. Al encontrarse con las personas en el Distrito Federal estos lo enviaron por unas gaseosas a lo que Wilber accedió inmediatamente, pero al regresar ni las personas ni su amigo y compañero de viaje se encontraban en el lugar. Lo habían abandonado en una tierra desconocida.

Sin un peso en la bolsa y sin saber qué camino tomar, Wilber tuvo que empezar de cero en un país desconocido para él. Lavo vidrios de carros en los semáforos, hacia dibujos y los vendía en los parques y calles, con lo que consiguió ganar algo y viajar al estado de Tizayuca en el interior de México, lugar en donde  deambuló por días, hasta que un día logro conseguir empleo como barrendero de esa Municipalidad.
Durante un tiempo vivió así, usando como identidad su segundo nombre y segundo apellido por estar ilegal y por temor a ser deportado, hasta que un día descubrieron quien era realmente el. La  contralora de esa Municipalidad lo cito y este al contarle su historia conmovió el corazón de esta mujer quien le concede la oportunidad de seis meses para legalizarse en el país.

Casi al mismo tiempo que recibe la buena noticia de poderse quedar sin temor a ser deportado en el país, en la Municipalidad descubren su gran talento en la pintura que este tenía, y lo invitan a pintar un mural en la fachada del edificio de la Municipalidad de Tizayuca, oportunidad que el nicaragüense no dejó escapar.

La elaboración de este mural lleva al éxito a este artista nicaragüense en tierras Aztecas, quien a su vez tuvo  la oportunidad de estudiar una Licenciatura en artes lo que le permitió dar clase en universidades de mucho prestigio en ese país.

Una vez pintado el mural de la fachada de esta Municipalidad se le abrieron puertas para pintar un segundo, segundo que fue nombrado Patrimonio Cultural en el Bicentenario Mexicano, país que también lo llamó hijo dilecto entregándole las llave de ese estado.

 Premio cumbre en la vida de cualquier artista. Éxito al que Wilber llama vacio, pues tras de haber alcanzado la gloria en un país totalmente ajeno al suyo, tuvo que pagar el precio y fue muy caro, el tener que darse cuenta que la familia que en Nicaragua había dejado ya  no era la misma fue un golpe duro para el artista nicaragüense.
Sus triunfos provocaron su separación definitiva con la que fue su esposa y daños emocionales en las vidas de sus hijos que solamente será el tiempo quien las sane.

En la actualidad Wilber López vive en Nicaragua donde nadie le ha reconocido su talento y profesión. El habita junto a sus tres hijos en la ciudad de Jinotepe  donde  es miembro de la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocio, de esa manera  Dios entró a su vida. 



Esta es la historia de un artista nicaragüense que luchó por el desarrollo del arte en un país extranjero y  tuvo el honor de representar a Nicaragua en tierras mexicana, sin pensar que iba a llegar a ser uno de los grandes exponentes de la pintura en la celebración del Bicentenario Mexicano. Este es un ejemplo de cómo dicen por ahí nadie  es profeta en su tierra. 

 

ANEXOS